Asomado
lunes, enero 31, 2005
Es un post medio personal, a modo de descarga de ciertas cosas que pasaron este fin de semana.
Por un lado, todo ese ánimo de pensar que surge cuando se cruza una muerte en el camino. La empatía ante el dolor, esa sensación de asomarse desde al precipicio por el cual avanzamos. Tan acostumbrados a andar que nos olvidamos que ahí nomás a un costado está el abismo. Y de repente una mirada al costado, y la caída que nos saluda y nos devuelve la mirada. Hola. Me quedan un par de sensaciones. Ojalá que cuando crezca pueda cuidar a mi viejo de la forma en que él cuida a mi abuela de 97 años. ("el hombre sexo", me dice ella, y me hace prometerle que voy a ser un buen católico. Por supuesto que acepto, con la condición de que ella no quiera morirse por dos días. Yo entiendo su cansancio, su dolor. Quien murió el domingo de madrugada es el tercer hijo que ve irse. El recuerdo del ser querido que está lejos provoca una nostalgia que puede doler pero está también llena de espera, de tranquilidad, de mirar para ahí norte sur este oeste, hay una dirección que guía el pensamiento. Recordar a los que mueren parece ser una nostalgia profunda y seca, perdida e infinita. Probablemente no llego a imaginarme el enorme vacío que debe sentir mi abuela, pero tengo la sensación de que esto de vivir también tiene algo de responsabilidad implícita con los que nos acompañan. Los que nos quieren.
Las últimas semanas en dos lugares disímiles había encontrado referencias a la muerte que me habían hecho sonreír. En una historieta de super-héroes, a un reciente viudo le recomendaban hablar con su difunta mujer. Eso hace sobre el final, y en esas últimas viñetas parece tan claro que el lugar que queda no se cubre con silencio, no se puede distraer, que de alguna forma está en uno seguir cuidándolo, darle alguna forma de vida, de la propia, de la que queda.
En una lista de mails, ante el fallecimiento del hermano de una integrante, uno de los miembros de la lista le escribió acerca de su propia experiencia con la muerte de - también - un hermano. Hablaba de recordar. Como forma de mantener presentes a las personas que mueren.
Ojalá cuando me muera mis amigos se junten a tomar un cafecito ahí al lado del cementerio y encuentren alguna anécdota pavota sobre mi para sonreír un ratito. Ojalá les deje algo de eso, aunque sea de última que uno se ilumine y comente "se acuerdan la vez que en su blog dijo que ojalá en esta situación alguien recordara aunque sea la vez que en su blog en una situación como esta...(etcétera)".
Bueno, eso, che. Yo qué sé si el viento sopla tan fuerte en todas partes.
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El digresor
martes, enero 25, 2005
Vos lo ves y no podés entenderlo, porque no tiene una mirada de esas que se van y ya. Es como si tuviera ojos con puntos suspensivos, cincelándote esa sensación del más allá que se asoma. Una respuesta, una palabra perfecta que se perdió mientras pestañeaba.
Tratás de convencerte de que fue sólo una impresión del momento, que es más el fruto de tu ánimo que anda a la caza de esos brillos que la luz verdadera. Pero no podés engañarte tanto, menos hoy que es sábado y los sábados siempre andás un poco más atenta de lo normal.
Así que estirás una mano, apurando el paso en su dirección. Un toque en el hombro.
Cuando da la vuelta, su cara ya no está ahí.
Se queda quieto, y así inmóvil como permanece empezás a rodearlo, con cada parte de tu cuerpo, con la mirada, con el aire de tus pulmones, con el pelo, con tu sombra.
Sentís que todo está en su lugar. Un abrazo que encaja como dos manos entrelazadas. Recordás la sensación de observar tu habitación desde la puerta después de horas ordenando, desechando papeles viejos, encontrando rincones para los recuerdos, colgando dibujos en las paredes. Es el momento de un suspiro que te desinfla por completo.
Después tenés que dejar ir, y lo hacés sin dudar. Saber demasiado puede oxidarlo todo. Quererlo es inventar nuevas respuestas que nunca alcancen a resolver su misterio.
Y antes de despertar, besás el espejo.
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Digresión
Me mira a los ojos mientras me pregunta:
- ¿Vas a jugarte por mi?
No me salen las palabras. Las piernas me tiemblan, se desarman, quedo de rodillas a sus pies. Asiento con la cabeza.
Se queda un momento mirándome. Y entonces se acerca, y poniéndose en puntitas de pie acomoda su delicado trasero sobre mi cabeza y se instala plácidamente con sus piernas colgando contra mi espalda.
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No es bueno pero es mío
LA CAJA DEL MUNDO
Pandora contempla la caja sobre la mesa. En realidad no observa los dibujos sobre la madera, las formas monstruosas de advertencias que la revisten a cada lado. Lo que sus ojos exploran es el interior de la caja, y no es que sus ojos puedan realmente traspasar las paredes de madera y descubrir su contenido, sino que la mirada se le pierde en la superficie tallada mientras sus pensamientos si logran filtrarse en aquel misterio que le ha sido entregado.
Los males del mundo en una caja para ser cuidados por ella, guardiana involuntaria del destino. Pestes, vicios, defectos, la envidia y el odio, el desprecio y la ambición, sobre su mesa, a su cuidado. En soledad recuerda a los hombres agolpados a su puerta, llamándola a gritos, uno poniendo la caja en sus manos, otro dándole explicaciones, tantos otros observando. Pandora, cuida que el mundo sea un lugar seguro, no abras nunca la caja, esto no es un juego, tu responsabilidad, no vayas a fallarnos.
Pandora cierra los ojos, respira profundo y poco a poco va borrando las voces ajenas que retumban en su cabeza. Continúa limpiando lentamente su interior hasta que se hace una paz que la lleva a sonreír automáticamente. Entonces se pone de pie, avanza hasta la mesa y sin que se borre esa sonrisa de su rostro abre la caja en un solo movimiento. Nunca abrir la caja. Hombres ciegos y necios. Pandora sabe que hay puertas que no deben abrirse. Pero también sabe que la puerta segura es aquella que puede dejarse abierta. La caja solo contiene nombres, figuras, demonios vestidos con los trajes de las pestes que ya habitan la humanidad toda. Esperaban que ella escondiera el secreto, pero ella quiere que todos enfrenten la realidad cargando sus propias bestias. Que enfrenten el hecho de que la única caja de Pandora es este mundo nuestro encerrándonos entre cuerdas invisibles y paredes de ojos y juicios.
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No es bueno pero es mío
LA CAJA DEL MUNDO
Pandora contempla la caja sobre la mesa. En realidad no observa los dibujos sobre la madera, las formas monstruosas de advertencias que la revisten a cada lado. Lo que sus ojos exploran es el interior de la caja, y no es que sus ojos puedan realmente traspasar las paredes de madera y descubrir su contenido, sino que la mirada se le pierde en la superficie tallada mientras sus pensamientos si logran filtrarse en aquel misterio que le ha sido entregado.
Los males del mundo en una caja para ser cuidados por ella, guardiana involuntaria del destino. Pestes, vicios, defectos, la envidia y el odio, el desprecio y la ambición, sobre su mesa, a su cuidado. En soledad recuerda a los hombres agolpados a su puerta, llamándola a gritos, uno poniendo la caja en sus manos, otro dándole explicaciones, tantos otros observando. Pandora, cuida que el mundo sea un lugar seguro, no abras nunca la caja, esto no es un juego, tu responsabilidad, no vayas a fallarnos.
Pandora cierra los ojos, respira profundo y poco a poco va borrando las voces ajenas que retumban en su cabeza. Continúa limpiando lentamente su interior hasta que se hace una paz que la lleva a sonreír automáticamente. Entonces se pone de pie, avanza hasta la mesa y sin que se borre esa sonrisa de su rostro abre la caja en un solo movimiento. Nunca abrir la caja. Hombres ciegos y necios. Pandora sabe que hay puertas que no deben abrirse. Pero también sabe que la puerta segura es aquella que puede dejarse abierta. La caja solo contiene nombres, figuras, demonios vestidos con los trajes de las pestes que ya habitan la humanidad toda. Esperaban que ella escondiera el secreto, pero ella quiere que todos enfrenten la realidad cargando sus propias bestias. Que enfrenten el hecho de que la única caja de Pandora es este mundo nuestro encerrándonos entre cuerdas invisibles y paredes de ojos y juicios.
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Blah
jueves, enero 06, 2005
La idea del post anterior era dejar atrás esa cosa fea del suicidio de un ratito, que a pesar de haber provocado alguna tensión dentro del tejido social de la ciudad de Buenos Aires, no era más que un viejo e infantil gritito al aire. Casi como un pedito rabioso y letrado.
A veces yo sé que tengo grandes cosas para decir. De verdad trascendentales, claras, profundas. Mi inteligencia rebasa lo explicable. El tema es que me distraigo mucho. Y me olvido. Funciona así, en un par de segundos me agarra la inspiración lejos de una computadora - que es como el opio de mi brillantez - y se me presenta una genialidad. Nunca llego a anotarla. No existen palabras para describir ni papel que pueda soportar el peso de tales iluminaciones. En unos segundos llega, en unos segundos se va. Y después me olvido. Así como si nada. La sensación es: "uy, ¿no tenía algo importante en la cabeza?". Pero no como le pasa a la mayoría de la gente, no es que me había colgado pensando en la anarquía direccional del cangrejo y ya. Lo mío fue algo de verdad importante.
Será de pedante, pero que yo sea un un tontito aburrido no quiere decir que no pueda ser un genio asombroso.
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El otro lado del ombligo
- Tocá, dale. Sentí como patea.
- Ahora no tengo ganas.
Para qué, se pregunta él, para qué, si ya vio las cuentas, las visitas al médico, los antojos, los mareos, vómitos, los regalos, las felicitaciones.
- Dale, tonto. Mirá que él se da cuenta de esas cosas.
- Él o ella.
Silencio.
- Las madres presentimos estas cosas.
- Los padres dudamos de sus presentimientos.
"Ahí estuvo bien" piensa la niña sin poder participar de la conversación. "Pero que no se le ocurra poner ahora la manito en la panza porque igual sabés la patada que le voy a meter. Le reviento todas las falanges".
La madre mira al padre con esa mirada que le ha surgido en estos últimos meses.
- Estás nervioso.
- ¿Nervioso de qué?
- De todo esto, amor. Mirá, dale, tocá la panza, que se está moviendo.
"Sí, me estoy preparando para darle con todo".
- Tengo otras cosas que hacer ahora.
- ¿Con las manos?
- Sí, claro. - empieza a rascarse la cabeza, la espalda, los brazos.
- Sos un salame. Vos te lo perdés.
- Otro día lo hago.
- Otro día va a ser distinto.
- Quizás sea mejor.
Otra vez la nueva mirada que se está poniendo de moda.
- ¿Tan importante es para vos que te toque la panza?
- Sí. Y para vos. Para nosotros. ¿Entendés?
- Ni ocho cuartos. No te vas a poner toda sentimental porque sentís golpecitos en la panza. Ni que fuera su primera palabra, sus primeros pasos...
- Que sea su primera patada, la décima, la nonagésima...
- ¿Eh? ¡Ni siquiera debés saber qué número es ese!
"Con una, una sola me alcanza, ni un hueso sano le dejo al tipo este".
- ¿Qué importa eso?
- No, claro, lo que importa es que te dé el gusto.
- Hacé lo que quieras.
- Bueno, vení, dame esa pancita.
- Ahora no, ya fue, no se mueve más.
"¿Qué? Pará, pará, mirá cómo me revuelvo, dejalo que venga, dejalo. Yo le doy pa'que tenga y reparta".
- Dale, tonta, vení.
Ella no hace caso pero tampoco se aleja mientras él avanza.
"Ah, ¿ahora querés? Minga te voy a dar el gusto".
- Tonta tu abuela. - dice mientras siente el frío de aquella mano que enseguida se vuelve cálida contra su piel.
- Mirá vos... en serio que se quedó quieto ahora.
- O quieta. - no puede evitar sonreír, al igual que él. De alguna forma siente también como si todo su interior sonriera en un movimiento imperceptible, profundo, único. Paz.
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Pequeña, vieja chotez
viernes, diciembre 31, 2004
(hay que vaciar todo el año viejo)
Suicidio de un ratito
mi mirada crece
ya casi no respiro
te soy sincero, me parece
a esta altura me merezco un tiro
ya se acercan los disparos
cuántas balas entran en mi frente
en dos segundos me preparo
soy tan eficiente
despacito le saco el seguro
en un segundo voy a ser
otra mancha sobre el muro
un ladrillo más en la pared
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Fiestas, pin pan pun
A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta
(Roberto Juarroz)
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Los Esmélicats
miércoles, diciembre 15, 2004
Así es. No sé tocar bien la guitarra. Nadie me acompaña cuando toco. Pero mi grupo se va a llamar Los Esmélicats.
Yo sé que por lo menos a mi mamá le va a gustar.
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¿Cómo caen los chorlitos?
martes, diciembre 14, 2004
Me pregunté en mi afán curioseante qué sería aquello de que uno cae como un chorlito. La respuesta era bastante simple y obvia: parece que los Chorlitos son estos pajaritos que se los ve medios torpes, patas largas, cuerpo no armónico, y para colmo se le da por hacer sus nidos en el suelo así que los bichos se le comen siempre los huevos. No siempre siempre, sino no quedarían más, y nadie se caería como ellos.
Así que por eso uno es cabeza de chorlito, y se cae también como un chorlito.
Como yo, la gran pucha, caen como yo.
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Educando al soberano
viernes, diciembre 10, 2004
Una vez me dijeron que no era lo mismo rebalsar que rebasar. Que uno era cuando en un vaso el líquido llega hasta el bordecito y otro cuando ya se supera el límite y plin plin se chorrea.
Por suerte, Internet y el Mono Loco están aquí para iluminar nuestros destinos lingüísticos:
Según la www.rae.es:
rebalsar.
1. tr. Detener y recoger el agua u otro líquido, de suerte que haga balsa. U. m. c. intr. y c. prnl.
2. tr. Arg. rebasar.
3. intr. C. Rica y El Salv. Dicho de un líquido: rebosar (derramarse por encima de los bordes).
4. intr. El Salv. Dicho de una cosa: Abundar en demasía.
rebasar.
1. tr. Pasar o exceder de cierto límite.
2. tr. En una marcha, progresión, etc., dejar atrás, adelantar.
3. tr. Mar. Pasar, navegando, más allá de un buque, cabo, escollo u otro cualquier estorbo o peligro.
Según la primera definición de rebalsar parece que efectivamente habla de ese estado crítico de un vaso lleno a punto de derramarse. Pero enseguida vemos que para los argentinos es lo mismo, es. Qué cosa, che.
Yo esperaba mostrarles lo curioso de la diferencia entre ambas palabras; ante el fracaso aleccionador les tiro un tip idiomático re loco: una palabra ideal para recordar, guardar y utilizar a cada rato.
Repantigarse:
repanchigarse o repanchingarse.
(De re- y pancho).
1. prnl. Arrellanarse en el asiento y extenderse para mayor comodidad.
A mi personalmente me gusta más la versión repanTigadora.
Y otra: "Flanneur", que esta tiene una onda maremótica, se los digo así. Un flanneur es un loco lindo que anda vagando por ahí, una mezcla entre turista y merodeador, cacique de las calles desconocidas, explorador del día a día.
Listo, siento que he cultivado vuestros bellos jardines. Ahora id y multiplicaos.
(dijo Dios y del apéndice izquierdo de Adán creó una calculadora)
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Yo soñé con John Lennon
jueves, diciembre 09, 2004
Que no es algo que me pase generalmente. Soñar con famosos, digo.
Al principio todo iba normal, jugando en una casa con amigos, nos corríamos de acá para allá, siempre hay persecuciones en mis sueños. Los que recuerdo por lo menos.
Todo pasaba en una especie de quinta con una graaaan casa. De repente llegaba un auto y estábamos todos afuera, y éramos un montón de gente haciendo fila, y creo que era porque venía él, y se bajaba del auto y se armaba como un aplauso espontáneo, rítmico. Me acuerdo de una sensación muy fuerte de querer cantar, y creo que todos estábamos en eso, como que nos habíamos reunido, y el aplauso al mismo ritmo, y todos juntos, mirándolo, adivinándole la mirada a lo lejos, atrás de los anteojos.
No hace falta un sentido en el sueño, ¿no? Lo único que sé es que el tipo venía y el lugar se transformaba.
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Dobri den
miércoles, diciembre 01, 2004
Amaneció, y el cielo azul tan brillante y despejado anunciaba la llegada de un relato amistoso y plagado de paz y buenos sentimientos. El patito Filomeno apareció en escena deslizándose con suavidad sobre la superficie del lago. Cuando alcanzó la orilla dio un par de pasos como saltitos diminutos sobre la tierra y entonces recibió un piedrazo en la cabeza. Se abrió en su sien izquierda una gran herida de la que surgieron inquietas un par de verdes mariposas. Luego fue el turno de un diminuto manantial de jugo de naranja que empezó a salpicar el pico de Filomeno.
- ¿Quién tiró la primera piedra? - preguntó el pato herido mientras slurp lamía su pico y ñam saboreaba el delicioso jugo.
- Fue él. - contestó el mono loco señalándose el pecho marrón como sangre coagulada.
- ¿Y por qué lo hizo? - insistió Filomeno.
- Porque rima con erizo.
- ¿Volverá a hacerlo alguna vez? - Indagó aún más el pato, que ya sentía como le picaba la curiosidad y sabía que era imposible rascarse con sus plumas.
- Tal vez un domingo, o alguna fiesta de guardar como.
El hachazo lanzado por el pato no alcanzó a sorprender al mono loco que con la velocidad de un infantil mal pensamiento ante la palabra banana dio un salto triple con fliflap y escaramuza ulterior para colgarse de una rama y evitar el ataque. El hacha fue a parar al lago, y mientras el mono y el pato se acercaban a espiar el destino del arma, el dios Wenceslao asomó su cabeza desde las no tan hondas profundidades del lugar.
- ¿Qué buscan, forasteros? - preguntó con poderoso efecto reverb.
- El laberinto del minotauro. - confesó Filomeno.
- ¿Es esta tu hacha? - preguntó el dios del lago.
- No. - respondió el mono con seguridad. - Ese es tu miembro omnipotente.
- Tampoco la pavada. - reflexionó en voz alta Filomeno. Luego notó la cara de pena con que lo observaba el dios del lago y agregó con un hilo de voz tan delgado que con sólo soplarle las palabras podrías pasarlas por el ojo de una aguja:
- Ojo, yo le doy, eh.
El mono loco le lanzó otra piedra por la cabeza.
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Dubidú
miércoles, noviembre 24, 2004
Oscar se frotó la nariz y luego se miró la mano para comprobar que estaba manchada de un rojo carmesí. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y se tapó el rostro con él.
- ¿Cuánto tiempo te dura eso? – preguntó Clara.
- Unsmints – respondió él al tiempo que presionaba el pañuelo y torcía la cabeza para detener la hemorragia.
- ¿Qué tenés ahí en el codo? – indagó ella una vez más.
Oscar movió el brazo libre para observarse. Nuevamente el color carmesí sobre su piel, avanzando ahora en descenso desde el codo hacia las axilas. Rápidamente bajó el brazo para desviar el afluente hacia la mano y no mancharse la remera. Cerró el puño y sintió el calor pegajoso que intentaba filtrarse entre sus dedos.
- Uh, te abriste la cascarita que tenías... – concluyó sabiamente Clara, a lo que él respondió en silencio poniendo los ojos en blanco. Después aflojó un poco la presión del pañuelo para poder hablar sin obstáculos.
- Buscame en el ropero del cuarto un pañuelo limpio, por favor.
Clara partió a cumplir con el pedido. Apenas abandonó la sala, Oscar apoyó lentamente la espalda contra la pared. Enseguida notó una puntada tan sorpresiva como intensa a la altura del homóplato derecho. No tardó en identificar el dolor como el de un grano reventado en pleno esplendor, y se movió automáticamente hacia delante como si hubiese rebotado. Al agitar el brazo herido en una reacción de dolor salpicó el suelo dibujando diversas formas que fueron rápidamente absorbidas por la alfombra marrón que cubría la sala. Oscar notó como la espalda de la remera se empapaba rápidamente con un delgado afluente que brotaba sin tregua de la diminuta herida.
Acostumbrándose al nuevo dolor trató de acomodar el brazo contra el pecho para no ensuciar más la alfombra. La mano que sostenía el pañuelo ahora estrujaba el líquido que chorreaba de su nariz imposible de ser detenido por aquel cuadrado de tela. Sintió que empezaba a filtrarse entre sus labios y debió separar bruscamente el pañuelo y empezó a toser de cara al piso, dibujando nuevas manchas sobre la alfombra.
Empezaba a sentir el tremendo peso de la remera pintada de rojo por completo, un rojo que continuaba su expansión invadiendo sus pantalones de jean. Toda la ropa se le iba pegando a la piel.
- Acá hay un pañuelo pero de esos de vestir, muy canchero... – dijo Clara desde la habitación.
Oscar no le prestó atención, apenas sintió unas articulaciones inconexas de una voz lejana y confusa. Empezaba a costarle pensar con claridad, como si sus ideas también se hubieran volcado fuera de su cuerpo en un pegajoso alud. Con el resto de energía que le quedaba se decidió a ir al baño, algo que imaginó como un destino salvador. En realidad no pensaba tanto en un modo de detener las hemorragias como en la imperiosa necesidad de darse un baño y quitarse de encima toda esa suciedad que lo agobiaba.
Dio un solo paso, extremadamente lento, pero el peso de su cuerpo fue suficiente para que la chinche en el piso se clavara firme bajo su pie izquierdo. Al levantarlo apenas sentido el pinchazo la chinche se soltó y enseguida comenzó a brotar un nuevo río púrpura que no tardó en desplegarse sobre la alfombra.
Cuando Clara volvió a la sala trayendo en la mano un único pañuelo descartable rescatado de un cajón, la alfombra ya no guardaba huella alguna de su color original. El cuerpo de Oscar estaba echado inmóvil junto a la pared, teñida toda su piel de un blanco casi enceguecedor.
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Y es que ella.
martes, noviembre 23, 2004
El gato iba a buscar su comida con esa parsimonia tan propia de los felinos. Ella lo miraba desde el sillón, sin prestarle mucha atención, casi como acompañando sus pensamientos con la imagen de las cuatro patas moviéndose sincronizadamente. Tampoco es que pensara demasiado. Lo que poblaba su mente era casi como un suspiro de ideas, mínimas corrientes de viento que se filtraban entre las neuronas haciéndolas chocar entre sí suavemente hasta provocar un diminuto tañido.
Cada tanto la sensación de agotamiento regresaba al sillón y entonces ella reaccionaba veloz ocultándose tras sus párpados.
En un momento abrió los ojos y se encontró con el gato sentado a su lado.
- Se está haciendo tarde, señorita. - dijo el gato sin sonreír.
Ella volvió a cerrar los ojos, y enroscándose sobre sí misma se pasó las manos por el pelo hasta juntarlas en la nuca.
Antes de dormirse alcanzó a escuchar al gato susurrarle:.
- Dulces sueños.
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Breve digresión
martes, noviembre 16, 2004
¿Libre como el viento?
Pero el viento hasta donde tengo entendido es el resultado de la diferencia entre la presión que hay abajo en la tierra o por ahí y la que hay allá arriba por la atmósfera. O algo parecido. El hecho es que de qué libertad hablamos, pobre airecito en movimiento que lo empujan de un lado a otro. ¿De qué libertad me hablás? ¿Sopla porque quiere? Está bien, sí, en la dirección que le mandan él va sueltito de cuerpo, todo así con la boca abierta, pero libertad lo que se dice libertad...
Y claro, es como decía don Zorba, no existe la libertad, sólo cuerdas más largas.
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Status Culo
miércoles, noviembre 10, 2004
Estoy vivo, eh.
No se me nota mucho, pero créanme.
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El joven Otorga
jueves, octubre 14, 2004
(continuando)
Viéranlo a Otorga sentado al piano desplegando toda la potencia de su música. No, claro, no suena el piano, ¿qué esperaban acaso? Es otra de sus peculiaridades, apenas roza las teclas, las negras y las blancas por igual, un toque mínimo imperceptible para las cuerdas que aguardan tensas el golpe del martillo en el interior del instrumento.
Pero no hace falta más que mirarlo para percibir toda la melodía, una suave introducción que se dibuja en sus cejas enarcadas, los labios apretados en un estribillo pegadizo, los hombros levantados en un sinfín de acordes que van y vienen.
Pero siempre el mismo final. Alguien golpea la puerta e interrumpe la sinfonía de silencio que improvisaba el buen muchacho. Una y otra vez es ella quien aguarda impaciente tras la puerta. Elvira, la vecina vieja y sorda como una tapia que viene a pedir que bajen el volumen.
Otorga baja la vista pidiendo disculpas y se echa en un sillón a leer un libro con su imaginación en mute.
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El callado
miércoles, octubre 13, 2004
Nació sin decir una sola palabra.
Bueno, sí, como todos, pensará usted agraciado lector, pero es que él no dijo nada de nada, ni una onomatopeya, una interjección, un signo de exclamación. En el acto del nacimiento a la vida y sus postrimetrías no emitió absolutamente ningún sonido.
Eso sí, gritó con todo el cuerpo. Fue así nomás, no había forma de ignorarlo, un estallido de confusión e incomodidad en su cara, gestos dibujados como un libro abierto que no admitían analfabetismo alguno. Las manos apretadas buscando la fuerza que todavía no tenía, las piernas revoleadas de un lado a otro con la agilidad de una calabaza hervida. Un par de enfermeras se taparon los ojos, aturdidas. La partera se contuvo y pudo mantenerse concentrada en su trabajo luchando duramente contra el ruido brutal de aquella visión. Pronto consiguió tapar el niño con una sábana y el ambiente volvió a relajarse en la sala de aquel hospital. Acomodaron al niño sobre el pecho de su madre, y el saludo de un hola diminuto que ella exhaló a modo de bienvenida y suspiro fue el sonido que rompió aquel silencio de zumbidos maquinarios.
Sumergido en su mudez voluntaria creció el niño. No había trauma en su silencio, no había represión ni dolor o incapacidad. Sólo había ausencia de palabras.
Con el tiempo el nombre elegido por sus padres fue olvidado y la gente se acostumbró a llamarlo Otorga.
(¿continuará?)
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