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1. “No firmes mi cuerpo”, pedía su primera caricia antes de echar abajo las ventanas, manoteando primero la cortina para cubrirse entera la desnudez del ánimo. Me até las manos con las pestañas, tratando de mantener los ojos cerrados, de evitar el paisaje de sus filosas caderas amenazando la guillotina de sus piernas. Hay voces que nos aclaman desde la piel. Yo en cambio apenas suelto los labios para un beso que es el grito más callado y menos solemne, un diminuto festejo de inconsciencia. Elástico, de todas formas imponente.

2. Abrimos un silencio de espejo, confusión, encuentro y sorpresa; ahí quiero verme y verte, asombrarnos. No te busco los ojos, es el resto que despierta y duerme el ruido. Acunemos tanta palabra y juntemos las manos para mecer esta noche y que el sol se guarde su repertorio de bocinas y reflejos. El momento se secuestra solo, nos atrapa, lo robamos; una insignificancia del después como la puerta más sincera, esa fluidez de despedida y sin luego, el tal vez, la nada, que juega malabares de lo próximo que no asoma ni un segundo su nariz o se la partimos al medio de una patada. Al medio, y en diez partes desiguales.

3. Dale otra vuelta de cuerda; el reloj está cansado de frenarse y las agujas ya no cantan ni la diferencia entre el día y la noche. Dale cuerda nomás, que se le ajuste el cuello, apretásela, que se ahorque esta conciencia atorada de semáforo y huida. Como si la voz resolviera algo que el silencio no supiera desvanecer. Para diferencia está el momento, la construcción entera de un deseo y el derrumbe de otro, y otro, y otra venida más de tu cuerpo, como si siempre, como si hasta entonces nunca antes, como si debiera ser ayer y mañana, pero es hoy, y nada más que hoy, y ese nunca prometido es un siempre encantador.

4. Tatuados, entre sombras, como echándole polvos al tiempo que nos espía apurado. Había un acorde simple, y más cuerdas entonces (se aprietan solas, tiemblan, eso no es música pero resuena) pero se acaba pronto, que quede todo libre, de nosotros, que ya fuimos tanto rato y al final no hay más final que la espera, la despedida, el regreso y la partida; recién llegamos, hola, te recuerdo, en fragmentos, no sos diferente a lo que esperaba. Para diferencia otro momento, que no es este. Gira un poco más (pero no hay música, sólo suenan los pasos, sus pasos, van y vienen, va y viene, pasos en el lugar pero van y después vienen, me alcanzan, me abrazan, te lo juraría pero ya no me quedan labios, me abrazaba con los pasos, no con los pies, sino con el andar, y venía, y también se iba).

5. “No firmo nada”, le dice un guiño que ella no ve porque está de espaldas, a mis espaldas, y yo estoy de frente a la calle que tampoco piensa en compromisos, sólo en viaje. Ni siquiera miro la hoja, que no está en blanco, manchones y garabatos de cuatro manos que parecían ejércitos de dedos pacificando el espacio entre los cuerpos, salpicando colores. Yo no elijo el recuerdo, es la memoria que nos elige, nos roba el después y nos franquea el olvido cálido y confortable.

6. Qué dulce tinta entonces, la de tus ojos tan ajenos, la que llorarían tus rodillas si tuvieran ojos, la que desteñimos. La que luego, cuando dormís, me mira hasta quedarse ciega y ser bebida.



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Las verdaderas aventuras de tinch 3 - Sabiduría

Conversación telefónica.

NN: ¿Dónde estás?
Tinch: En el trabajo.
N: ¿Trabajando mucho?
T: Fuf (resoplido)
N: Ah, qué bueno.
T: Fuf (resoplido)
N: Claro, porque trabajás de algo que te gusta...
T: Fuf (resoplido)
N: Estás muy soplador.
T: Porque a veces no alcanzan las palabras. Como el viento, que nos cuenta sus verdades con soplidos.
N: Qué boludo.

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