Uno de zombies...

Esperó a que todos los muertos hubieran abandonado la casa para entrar.

Buscó en vano algo que comer y frustrado y tan cansado como hambriento, decidió acostarse a dormir.

Durante la noche soñó su propio final, calmo y previsible, entre las sábanas violetas de una vieja cama de hierro.

Por la mañana salió a conseguir agua para beber del pozo junto a la casa.

Luego se sentó a un costado de la entrada y pasó las horas contemplando el camino por el cual transitaba cada tanto algún muerto sin rumbo.

La ansiedad había nublado el hambre, y le sorprendió el atardecer sin haberse procurado alimento.

Cuando finalmente decidió levantarse a buscar comida, la mujer se apareció frente a él, contemplándolo.

Antes de que él le preguntara algo le pidió entrar.

Entre lágrimas él no pudo encontrar ni el aire ni las palabras para responderle, así que sólo atinó a hacerse a un lado.

Ella pasó y sin preámbulos puso su bolso sobre la mesa, anunciando que tenía un regalo para darle.

Con una sonrisa en su rostro, la primera que él veía en todo un año, la mujer sacó de su bolso y le entregó un juego de limpias y suaves sábanas violetas.



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Zapatos

Hace un par de años, una amiga me contó de una casa de zapatos que le encantaba y un concurso de cuentos que organizaba con sus productos de premio: la temática era esa nomás: historias con zapatos.


No es Cenicienta


Mi Lucila no es Cenicienta. Eso lo sabíamos todos. Claro que en ese momento tampoco habíamos escuchado jamás el nombre de Cenicienta, que un día más tarde pasaría a estar en boca de todos. Pero al príncipe claro que lo teníamos visto. Yo confieso que el muchacho no era muy de mi estilo de belleza, que no se ofenda por esto el ahora Rey, que con todo respeto lo digo. Seguramente es más por ciertas cuestiones de generación, a mi siempre se me dio más por los caballeros de quijadas más duras, rasgos casi bruscos, cejas prominentes. Pero una mera cuestión de gusto, claramente, porque todas las jovencitas sí que se volvían locas con el príncipe y su rostro de tener todo en su lugar indicado y en las proporciones correctas. Esa carita como de vela esculpida con exagerado recelo.

Lucila no era la excepción, ella también lo adoraba, de verlo a lo lejos en alguna celebración, o algún retrato en alguna revista de esas que te cuentan con quién anda tal caballero, cuál es el hechizo de moda, con cuál de los enanos anda ahora Blancanieves y chismes por el estilo del reino y sus alrededores.

Así que imagínense nomás lo que le pasó a su cara cuando de repente golpearon la puerta en casa y era el dichoso príncipe el que se apareció del otro lado. Y es que uno aprende un poco a aplicar los gestos correctos con el tiempo. A las jovencitas sobre todo, a ellas le encanta poner caras. Entonces si golpea la puerta el panadero con alguna delicia, cara de picardía con una sonrisa recta que apenas se asoman los dientes, todo con las cejas en alto. Si es la tía Eduviges, Lucila me entrecierra los ojos, frunce el ceño, me arruga toda la cara como si ya le olieran mal por adelantado todas las aburridas historias que siempre trae la tía.

¿Pero para un príncipe? ¿Con qué cara se lo recibe? Ahí sí que la pobre quedó toda descolocada, como si un ojo se le desorbitara por un lado, el otro le empezara a temblar y pestañear como con un tic. La boca bien abierta pero tampoco como de ¡oh, caramba!, sino más bien como una redondez algo trémula y torcida de no saber para dónde ir. Pero la verdad es que fue un segundo nomás, un instante mínimo de desacomodo gestual, porque enseguida se recompuso y levantó la vista con firmeza, con una súbita seguridad entre tranquila y desafiante.

El príncipe nos explicó su presencia sin perder el tiempo. Linda voz, el jovencito. Nos contó de la fiesta de la noche anterior, de la chica con la que estuvo bailando y que tanto le gustó, que a la medianoche desapareció y como sólo quedó de ella un zapato con el que él esperaba encontrarla. Esa historia que a esta altura todos se saben, por supuesto, no hace falta que diga más.

El asunto acá, lo que algunos ni siquiera imaginan, es que la historia pudo ser muy distinta. Si lo piensan un ratito nomás, no les va a sorprender tanto. Es decir, hablamos de zapatos de mujer. Está bien que cada pie es distinto. Que hasta nuestros propios pies son distintos entre sí. ¿Pero cuántos talles diferentes de calzado pueden haber?

¿Entienden a dónde voy?

Así como sabíamos que Lucila era Lucila y no la loquita aquella fugitiva, nadie dijo nada. Que no se ofenda la reina por lo de “loquita”, eh, que lo digo nomás porque en ese momento nadie sabía cómo era la historia. Yo pensé que en aquel momento mi niña, a quien ya se le había acomodado la quijada tras el sobresalto inicial, iba a aclararle al príncipe que ella no había ido a la fiesta la noche anterior. Pero lo que Lucila hizo en cambio fue sentarse en la primera silla que encontró y quitarse una de sus sandalias, ofreciéndole su pie desnudo al joven con un delicado movimiento. Yo sólo atiné a mirarla atentamente, no sé si con sorpresa o con admiración. Tal vez hasta con esperanza, que a veces a las madres se nos disparan fantasías de lo más ridículas sin darnos cuenta.

El hijo del rey se ubicó entonces a los pies de mi hija. Lo que se dice un momento como para retratarlo si uno pudiera pintar un cuadro de esa escena lo suficientemente rápido. Pero me alcanza con la memoria, porque esas son el tipo de imágenes que las madres nunca olvidamos.

Cuando el príncipe tomó el pie de mi hija para probarle el zapato solitario, ahí sí que quedé impresionada con la naturalidad que Lucila estaba lidiando con aquella situación. Pensé con cierto orgullo que algo debimos haber hecho bien los padres, porque más allá de que alguien pudiera levantar cierto grito moralista porque al fin y al cabo estaba participando de una pantomima absurda, la verdad es que la chica se estaba portando con un estilo y una gracia que daba gusto verla.

Lucila ni siquiera perdió la compostura cuando sintió que el zapato le calzaba a la perfección. Yo casi pierdo el control de mis piernas, que de repente se me aflojaron y sino me agarraba de la mesa creo que me iba de cara al piso sin escalas. El príncipe también medio que perdió el equilibrio así agachado como estaba. La cara se le iluminó como si un fuego blanco hubiese estallado en su interior. A uno de los guardias que acompañaban al príncipe se le escapó la lanza que cargaba con firmeza y por suerte alcanzó a retomarla al vuelo justo antes que cayera sobre mis cortinas favoritas. Otro guardia lanzó un suspiro algo aflautado y con una mano se tapó la boca abierta como un hipopótamo emocionado.

Pero mi Lucila, una verdadera dama. Apenas una sonrisa, de esas que se notan más en la figura toda, hasta en el brillo de los ojos, antes que en sus labios.

El príncipe comenzó a reír y poniéndose de pie tomó las manos de mi hija entre las suyas.

Pero enseguida su risa se fue desvaneciendo. Y es que algo no estaba bien, porque Lucila no reía, no se ponía de pie, no bailaba de felicidad, no saltaba a sus brazos.

Entonces mi hija hizo un lento pero inconfundible movimiento de negación con la cabeza, sin soltar esa sonrisa suya por un solo instante.

El príncipe confundido empezó a mirar alrededor buscando una explicación. Los guardias le devolvieron un silencio hueco de respuestas. Luego me buscó a mi con los ojos entristecidos, pero yo tampoco dije nada, y sólo atiné a levantar mis hombros con resignación. Todo lo que había sido llamarada en él enseguida se volvió ceniza y el rostro todo se le volvió gris. Sin decir una sola palabra, pero sin ningún desdén en sus movimientos; o al menos con una tranquilidad que no transmitió resentimiento alguno, recuperó su zapato brújula y sin decir una palabra regresó a la calle junto con su comitiva.

Como última aclaración quiero decir que no es mi intención echar ningún manto de duda sobre la verdadera identidad de nuestra querida reina, Cenicienta. Lo cierto es que nunca sabremos a ciencia cierta cuántas chicas allá afuera calzaban lo mismo que ella, que mi hija, o que la misteriosa joven de la fiesta. Pero no tiene sentido discutir al respecto, porque al fin y al cabo todos queremos a Cenicienta, y nos gusta su historia tal como nos fue contada.

Jamás supe si Lucila tuvo pensado desde un principio que sólo iba a probarse el zapato por jugar o si es que la negación del final fue una sinceridad que le surgió a último momento.

Lo que es seguro es que un zapato prestado puede quedarnos perfecto, de eso no hay dudas. Quizás hasta mejor que a la dueña original. Pero cuando se trata de príncipes, ponga una la cara que ponga al encontrarlo, y no importa los zapatos que vistamos, ahí no hay vuelta que darle: si querés disfrutarlo por completo, mejor ganártelo con tus propios pasos de baile.

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Breves 2010

Y a esta hora
esta extrañeza ya no nos toma
nunca por sorpresa

más bien como rehenes
voluntarios, entregados
de cara al primer pliego
de la última tormenta

Entonces hay cruces, y ecos,
pasos que creemos truenos,
y señales que confundimos
como crujidos de puertas,
y cortinas que agitan
rítmicas luces al viento.

Lo cierto es
(sin tanta certeza, tampoco
pero sin duda alguna)
que al andar
arrastramos
nuestras sombras habitadas.

y siempre llevamos
algún fantasma
capaz de despertarnos,
perseguirnos,
y hasta quitarnos el sueño.

La noche en tanto sugiere
no tocar nunca
la mano del fantasma
porque su roce
empuja al tropiezo
que cubre las ventanas
con el barro oxidado
de no haber sabido
soltar los huesos
y abrazar la aurora.


__________


La unión hace el afuera

no alcanza
no importa cuántas manos tomemos
siempre acabamos dejando
10 dedos afuera.


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nadie nos dijo cómo llamarnos
el conjunto
la integración
tampoco supimos votar a tiempo
proponernos algo
una idea, un tumulto al menos
un algo grupal
que nos alineara

pero así a puro instinto
como un acto reflejo
desalineado
inoperable

nos reunimos
y fuimos

todos juntos.


________



no extrañaba este silencio
sí la ignorancia
la expectativa animal
la atención desmedida

el tierno impacto
la mirada perdida
los suspiros amagados
la llave esquivada

pero no este silencio

en el que no te hace falta
bailar
para esquivarme


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El niño mar


Hace diez años hacía pruebas en flash. Gracias a estas pruebas y a mi incapacidad de dibujar algo mínimamente elaborado, surgió este personaje que hizo la delicia de... de... bueno. Este personaje y ya.
Acá sus dos capítulos rescatados del olvido para que los jóvenes de hoy sepan que la vergüenza no es algo nuevo.



Publicadas portinch a la/s 11:22 p. m. 0 comentarios