Negado

Esperé como si pudiera nacer algo distinto
Un parto de papel picado
Una luz breve
Un viento sur

Pero simple, inconcebible, frágilmente no.

Nada ocurrió de lo que dibujé en la orilla.

Luego no alcancé,
Atragantado,
Enceguecido,
a gritarle adiós
a la eternidad
que nunca vino

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Confieso

Yo sé que te anduve a las patadas.

Está claro que llegué con el ánimo arrugado, la autoestima sin planchar. Que te di el primer beso cuando ya íbamos por el sexto, que alcancé tarde tu mirada y muy temprano tu mano. Sé que me descalcé a destiempo y hubo alarmas para retarme, que levanté la mano para preguntar algo que ya me habías respondido y en el movimiento además rasqué tu espalda sin que antes nos hubiesen presentado.


Reconozco que una mano se atascó en tu hombro, que algunos dedos se atropellaron sin gracia en tu pelo. Que al pasar me llevé puesta con un codo la sonrisa junto a tu puerta, que quise apurar el paso y tropecé con un recuerdo como un pozo en tu cuello.

Puede ser incluso que olvidara tu nombre por unos segundos, y que luego por horas no hiciera más que recordarlo, como sino hubiera más letras que las que te llaman. Que cada tanto pensara de más en voz alta y que al hablar bajo dijera todo sin pensar.
Que te conté esto y lo otro hasta perder la cuenta, que no calculé y desmedí la espera en silencio; que no domestiqué mi tiempo y me desenfoqué en cada reflejo, cada imagen.
También sé que sonreíste. Que de rehén voluntario se me pegó una pestaña y tal vez no la cuidé lo suficiente.
Que guardaste bajo siete sellos un gesto que se me escapó.
Que me perdí de vista y elegiste no encontrarme.

Que el desencuentro es una esquina como cualquier otra.

Y no sé si levantamos el trazo y perdemos el juego, ni si las reglas se aprenden o tan sólo se lamentan.
Pero acá arriba, de pie en esta terraza que tal vez sea sótano de pájaros, encojo un poco el andar de este tranco torpe y fijo la vista en mis pies que andan pidiendo estampidas y colores. Me muevo un poco dando forma, por deforme que resulte, por lento que me salga, a nuevas huellas.
Una marca al menos con el talón al menos que me recuerde un rato el gusto del camino, de la tinta que continúa.
Que sea garabato, que sea indescifrable, que sea obvio como este berrinche, esta disculpa, este deseo, este desplante.
Que sea despacio, y si duele que sea por ser acá y no por lo lejos. Por lo pronto.

Por lo pronto, y por lo propio.

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Me re-cabe el arte

Hace unas semanas estaba chusmeando en la web www.IMDB.com, la mayor base de datos del cine online, sobre películas basadas en escritos de J.D. Salinger. Dando vueltas por ahí me encuentro con una versión del Guardián en el Centeno de un tal Nigel Tomm, que resulta ser... más de 70 minutos de pantalla azul sin sonido. Parece que este señor es un artista re, re loco, que ya lleva hechas varias... películas, digamos, con esta idea de adaptación a la nada. La verdad es que a esta altura de mi ignorancia, la polémica sobre si es arte, si es provocación, si es un afano, una genialidad, una broma o una brillante ocurrencia no me interesa, porque en todo caso no es un afano, una obra de arte, una provocación, una genialidad, una ocurrencia o una broma que haya hecho yo, que sí me intereso y mucho. Un poco por amor propio que es saludable, otro tanto por egocéntrico incurable y arrogante.
Entonces la razón de este relato es que el hallazgo del Nigel Tomm me recordó prontamente un viejo escrito que había hecho en su momento pensando en presentar alguna vez para alguna revista. La idea era recrear falsas reseñas o comentarios de la historia del cine. Y la primera idea que escribí era sobre un tipo que escribía una crítica sobre un video en blanco que recibía. Sólo pantalla negra y silencio. Recuperado de hace unos 8 años, con un mínimo maquillaje para salvar ciertas construcciones algo oxidadas, y con el espíritu evocativo de la nostalgia compartida, he aquí aquel viejo texto, inédito hasta hoy.


(Sobre Nigel Tomm:
Información en imdb.com: http://www.imdb.com/title/tt1206286/ Nigel Tomm

Si querés comprar la película: http://www.amazon.com/Catcher-Rye-Nigel-Tomm/dp/B0014A889U/
El trailer, imperdible: http://es.youtube.com/watch?v=QgUbuxkRvrc)

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El 17 de junio de 1989 la revista Humanidad publicó en su sección de cine una crítica del periodista Rómulo Gasparini sobre la película El Angel Desterrado de Jean Francôis Bolanté. Lo peculiar de esta reseña fue que Rómulo en realidad nunca había visto la película que comentaba. Claro, esto de por sí no resulta algo tan poco común en el ambiente, como muchos se imaginarán.

Lo realmente extraño fue que Rómulo actuó de absoluta buena fe, convencido de que estaba efectivamente reseñando la película. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: el periodista debía recibir un videocasete con el último largometraje del director francés pero la distribuidora le entregó por error una cinta completamente vacía. Ciento veinte minutos de pantalla negra y silencio absoluto. Cuando el periodista se encontró con esta visión en la pantalla de su televisor se acomodó en su sillón y con la mejor actitud se dispuso a ver lo que entendió como una sensacional transgresión revolucionaria en la historia del cine. Si alguna vez se le ocurrió consultar a la distribuidora por el posible error o acaso reclamar, lo cierto fue que pudo más su temor a estar equivocado y el riesgo de ser visto como un ignorante. Fue recién varias semanas después que el hecho salió a la luz cuando Rómulo devolvió el casete y a un cadete de la editorial se le ocurrió probarlo.

Queda para cada individuo resolver el misterio acerca de si Rómulo realmente sintió y apreció todo lo que se lee en su reseña o si fue tan sólo un discurso inspirado para salir airoso de aquella extraña situación.


BIENVENIDOS AL NUEVO CINE, tituló Gasparini su reseña.

“Espectadores de mentes chatas, de imaginaciones dormidas, aquellos que precisan de historias masticadas y refritas para salir satisfechos del cine; quienes exigen caras reconocibles – o al menos gestos interpretables - y melodías conmovedoras para identificarse con un personaje, para reconocer el momento adecuado para cada emoción: todos ustedes, eviten a cualquier costo la contemplación de esta joya del cine francés.

Jean Francôis Bolanté nos entrega una invitación única para elevarnos en esta nueva ola que en Europa comienza ya a identificarse como el Manque-au-cuarrismo, una expresión que literalmente podría traducirse como ausencia-al-cuadradismo. Enfrentarse a El Angel Desterrado es ubicarse de frente a un espejo oscuro, frenético, una vidriera de los propios sentidos, de la mediocridad. La doble negación a la que alude el nombre de esta nueva corriente - dos veces la ausencia – tiene por resultado una afirmación contundente, una presencia tan poderosa en la mente del espectador que ninguna imagen jamás podría igualarla en la pantalla. Observar esta obra es decirle sí a Bolanté y su arte, es gritarle sí al progreso, a las emociones ocultas, es lanzarse a bucear entre-líneas, o incluso más, en el interior de una gran línea oscura que todo lo cubre. Es entonces, en definitiva, una virtuosa re-formulación de lo que llamamos comunmente la magia del cine.

Apenas comenzado El Ángel Desterrado debe uno desnudarse de todas las normas preestablecidas, deshacerse de las expectativas típicas de cualquier film. No hay allí títulos para reconocer el comienzo de la historia, no hay presentación alguna para los personajes, para la trama. La pantalla nos devuelve la nada como una sombra de la increíble historia que se va gestando detrás de bambalinas, detrás de las cámaras, por debajo de las estructuras habituales. Comienza la re-escritura del lenguaje por Bolanté: Uno sabe que está viendo El Angel Desterrado, ¿hace falta entonces que se llene la pantalla con palabras anunciándolo?

A partir de este punto nuestra imaginación comienza a correr junto con la cinta que avanza despertando todo tipo de sensaciones en el espectador dispuesto a la experiencia que el director francés nos propone. La presencia – o más bien deberíamos decir la ausencia – de la hermosa Lucianne Plastique en el elenco es sin dudas una elección astuta del director que sabe lo que la sola mención de esta fabulosa actriz en una gacetilla puede provocar en el público, sobre todo el masculino. Evocar todo aquello que Lucianne Plastique despliega fuera de nuestra vista es un desafío – con tan placenteros resultados para el espectador más atrevido - que uno no puede dejar pasar. De manera tal que lo que en principio consideramos un telón destinado a cegar nuestras miradas en realidad no es otra cosa que una ventana a nuestro interior e indiscutiblemente al mejor trabajo de esta joven actriz hasta el momento. La sola mención de su nombre opaca al resto del elenco que de todas maneras no desentona en su invisible performance.

La banda sonora es otro gran acierto de Bolanté, aunque probablemente no logre el mismo efecto en una sala de cine cerrada que en la comodidad del hogar donde entran en juego otros efectos. Es que una vez más El Ángel Desterrado destroza las reglas y nos entrega un silencio en el que los sonidos del mundo real – sobre todos los nuestros, la respiración, el ruido del cuero al reacomodarnos en el asiento, los dientes entrechocándose nerviosos, un gruñido estomacal - se convierten en el mejor acompañamiento para la hipnótica imagen. Es inexplicable la fascinación al notar como el rugir del caño roto perteneciente a la motocicleta de la Pizzería de enfrente se hace notar en el momento justo donde la tensión de la historia se está desatando hasta alcanzar lo que tal vez sea el clímax.

Es cierto que promediando la película la experiencia se vuelve algo tediosa y la atención puede acaso menguar levemente al dejarse vencer uno por la espera de algo más. Pero es entonces cuando el hallazgo alcanza su punto máximo: es la propia impaciencia la que le brinda nuevo goce a la película, la mente nuevamente disparada y recargada en preguntas y ansiedad, que nos vuelve a atrapar y colocar de lleno en el centro de la historia que estamos – o no - presenciando. No tardaremos en notar que el final se acerca y la emoción comenzará a elevarnos, ya no sólo como producto del largometraje que estamos contemplando, sino también por la satisfacción de haber salido airosos de semejante reto. Se reconstruye entonces ese mundo genial que vivimos al comienzo de la película, ese impactante parque de diversiones que la oscura y exacta fotografía de Pierre Mensonge ha ayudado a construir durante ciento veinte esperanzadores minutos.

El Ángel Desterrado es entonces una historia que en su inabarcable e inexpugnable negrura encierra y da forma a una brillante experiencia audiovisual. Un viaje al auto-conocimiento, sin mensajes fáciles, sin moralejas edulcoradas. Dura y única, irrepetible, una película imperdible para todo aquel dispuesto a lanzarse al sombrío pozo de la propia humanidad. Una apuesta difícil, revolucionaria, para odiar o para amar, o tal vez para poder decir al menos con el pecho inflado: “yo la vi”. Pero en cualquier caso, una experiencia que jamás lo dejará indiferente..
Y eso es en definitiva, señoras y señores, de lo que se trata el arte.”


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Carola

Fue curioso. Estaba revisando archivos .txt viejos y en eso encuentro un texto del que no me hacía cargo. A medida que fui avanzando en la lectura me di cuenta de que sí, efectivamente, era un cuentito escrito por mi hace muchos años. Lo había olvidado por completo. No es que sea una gran obra. Para empezar, habla de una chica que si ahora yo pensara en una gran mujer para enamorarme, dudo que pusiera las cosas que escribí entonces. Y además hay frases largas al cuete, o enredadas, y cosas así.
Pero fue una linda sorpresa. Porque además tiene una idea que me gusta mucho, y un par de momentos que a mi se me hicieron maomeno bien, che. Yo qué sé. Lo comparto sin más preámbulo. Y si alguien que me conoce hace tiempo tiene algún dato más para darme a mi de este texto, bienvenido sea.


Carola


Se entretenía con las hojas secas como quien admira una obra de museo. Convertía a una hormiga cargando una hoja en su ídolo del día. Mientras caminábamos a veces se detenía, me frenaba con una mano, con la otra me tapaba los ojos y cerraba los suyos para que nos dedicáramos unos instantes a escuchar el mundo. Carola me besaba con la suavidad y el ansia con la que uno se lame la sal después de un baño en el mar . Como degustando un banquete, como si se liberara de una carga y sólo a través del beso pudiera despegar.
En las tardes de otoño, Carola podía sostener el sol con una sola mano.
- Aluvio - me dijo una vez, inventándome un nombre que no era el mío, como hacía siempre. - ¿vos sabés cuándo vas a cansarte de mí?
Lo cierto es que no parecía una pregunta suya. No de la Carola que yo pretendía conocer.
- Sí. - respondió mi voz, saliendo de mi propia boca, impulsada por mi cerebro. Aún así no estoy seguro de haber sido yo el que habló. - Exactamente la próxima vez que me hagas esa pregunta.
Sin darme cuenta le había entregado una invitación sin fecha de vencimiento para el adiós. Yo no iba a echarme atrás, y ambos sabíamos que ella tarde o temprano iba a ponerme a prueba, iba a necesitar pintarme todo un precipicio frente a mi esperando a ver si permanecía quieto o daba el paso hacia el vacío. Cualquiera de las opciones significaba caer.
Pasaron varios años sin que aquellas palabras volvieran a cruzarse en nuestro camino, hasta que lo inevitable se hizo presente, como la última hoja de un calendario saludando el fin de año tras doce meses de oculta paciencia. Ella repitió la pregunta con un inconfundible tono de despedida, y yo me quedé quieto sin pestañear en una esquina durante unos tres siglos.
Después de unas cuantas eras a la intemperie, un instinto que no fue el de supervivencia, porque ese había partido junto a Carola entendiéndose inútil de ahí en adelante, me trajo de vuelta a casa. El ascensor tardo unas cuántas décadas en bajar cuatro sucios pisos, y el cable colgando por debajo me hizo pensar en un hombre invisible ahorcado que juega a ser ascensorista.
El tiempo se hizo más real al llegar a casa, y los años volvieron a entrar en minutos, pero esto no ayudaba en absoluto a desempapelar la pena de todas las paredes.
Pasaron dos semanas - tiempo reloj - hasta que me decidí a morir de una buena vez. Nada importante ocurrió durante aquellos días. Yo mismo no podía ocurrir ni un pedacito de existencia. Decidí que el ritual tenía que realizarse en el baño, así que me encerré apenas el sol se ocultó y la ciudad se sumergió en las sombras de siempre. El agua de la ducha corría a modo de diminuto diluvio, y mi cuerpo se guió solo corriendo la cortina y metiéndose de un salto en la bañera antes de que yo pudiera pensar en cómo iba a hacerlo.
Me empapé. Me ahogué. Soñé una y otra vez que aquella húmeda intermitencia era una tempestad, que el agua acumulándose a mis pies era el mar. Me soñé fragata, me viví espuma. Me deshice entre las gotas, me solté el cuerpo y me hundí bajo mi propia piel, floté como un salmón jugando contra la ducha que caía, elevándome hacia donde la lluvia tomaba forma. Y en la cima de aquel adiós dejé ir la vida como quien suelta la rama de un árbol sobre el que ha estado jugando desde siempre, abriendo mis dedos con seguridad, listo para la caída.

Resucité un par de horas después. Tardé un tiempo en ponerme de pie. Fui acostumbrando de a poco mis ojos a la luz, mi mente a mi cuerpo, mi cuerpo al mundo de los vivos. Soltar mi existencia aquel rato no había curado el dolor, que todavía podía sentir apretándome el pecho. Pero algo en el aire se sentía diferente. Se trataba del aire dentro mío, del oxígeno jugando en mi interior, vagando por mi sangre, recorriéndome. Una cierta fragancia interior que impregnaba todo lo que me rodeaba. Algo parecido a una esperanza que nacía de ese desprenderse de tanto aliento fingido que en la costumbre de la asfixia no había hecho más que atorarme de humo la mirada.


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Zapatillas agujereadas


Así terminaron mis botines anteriores. Aunque no se vea, la suela del botín derecho está pegada con varias capas de variados pegamentos. La cosa amarilla que se ve es gomaespuma, porque como yo piso mal (apoyo mucho el talón) se había agujereado ahí y sin ese suplemento ingenioso (!) era muy incómodo andar.
El otro día escuchaba una cancioncita de un casete en que me grabó mi madre cuando era chiquito, y pensé que evidentemente fue un tema que me pegó fuerte para toda la vida. Pasen y vean. Y escuchen.



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Tod y Toby

(Revisando el blog encontré entre los borradores de entradas esto que había escrito a principios del año pasado. Creo que no lo subí porque pensaba revisarlo y profundizar y decir unas cosas tremendas sobre el tema, pero... bueno, soy yo. Y podía decir esto y ya.)

Escribiendo recién en el fotolog de oye_la_mar me acordaba de Dumbo a raíz de un comentario plumense. (¿plumífero? ¡de plumas y ya!).

Deben haber pasado más de 20 años desde la última vez que vi esa película. ¿Qué me pasará ahora? Me da curiosiad. Hace un año me había bajado otro clásico que adoraba de chico: El zorro y el sabueso. Se lo dejé para ver a una amiga que estaba con su hijo en casa de visita y después me contó que la sacaron porque era muy triste. Sí, yo de eso me acordaba. Y la verdad, de poco más.
Ahora, iba a dar rienda suelta a la nostalgia y comentar otros dibujos de estos que te quedan grabados. Ah, e iba a decir que igual sé que hay películas que envejecen muy bien. Al menos para mi. Me pasó hace unos años de prestarle "El cristal encantado" a una amiga que la recordaba como maravillosa y que a los 2 minutos la sacó porque sentía que le estaba arruinando el recuerdo lindo que tenía, je. Yo en cambio esa la puedo ver una y mil veces y no deja de sorprenderme. Además, tiene un ritmo lento, unos detalles pocos cuadrados para una peli infantil, que me hacen sentir una especie de orgullo retroactivo por haber podido disfrutarla tanto tanto de chico.
Pero justo cuando escribía al final del primer párrafo lo de recordar lo triste que era me acordé de otra cosa. La semana pasada estábamos grabando para un programa unas entrevistas a gente en la calle sobre cine. Preguntando cosas clásicas, "peli favorita, cuál viste más veces, cuál lamentás haber visto, con cuál lloraste más", y así. El tema es que en un momento me llamó la atención que en general la favorita iba a la par de la que más nos había hecho llorar.
Estoy diciendo algo medio obvio, alguna vez pensaba en eso de que en todo caso para identificarnos siempre es un buen punto de encuentro la tristeza, como en las canciones, que la mayoría de las veces parece que va a pegar más una de lamentos que una de celebración.
Pero bueno.
Otro día sigo, ahora quiero terminar el jueguito puto de Cthulhu que ya estoy en la huida final.

La tristeza está bien.
(nota actual: acá decía "texto de Dolina", que hacía referencia a este: http://enumerando.blogspot.com/2009/02/instrucciones-para-abrir-el-paquete-de.html).

Pero también llega un momento en que me cansa. Me gusta, admiro el que puede rescatar lo otro. Sin ser obvio, contar una alegría en serio. Transmitir una felicidad. Pienso en Aprile de Moreti con mucha fuerza, y hasta me acuerdo de su "La habitación del hijo", donde en medio de la tristeza tremenda que recorre todo hay al final un asomarse a algo de la vida que a mi se me hizo íntimamente celebratorio. Quizás tenga que verla de nuevo y esté diciendo pavadas.

Pero eso. Me gusta la tristeza bien entendida. Pero si van a ser fáciles y baratos, prefiero una alegría de verano, una canción tonta bailable a una que pretende transmitir algo de tristeza y sólo me habla de lagrimitas y amores que se fueron.


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Ssssh....

Lo difícil no es guardarte un secreto. O saber reconocer uno aunque no me pidas que no lo repita.

Ni siquiera me resulta duro respetar el secreto que vos no podés contarme, aunque muera por saberlo.


Lo que me amotina la calma hasta la furia es no tener yo ni un solo secreto para compartir.

¿Es que tenía que contarlo absolutamente todo?



(inspirado ahí por http://empiezoaentender.blogspot.com/)

Publicadas portinch a la/s 1:49 p. m. 0 comentarios  

Ciego

Es curioso
encandilarse
en el camino

que entre las luces
de pupilas,
escotes, colmillos,
uñas como barniz
y el filoso artificio
de la pólvora
en tu voz

mis ojos
elijan cegarse
con esta chispa idiota
de ansiedad
en mi garganta

que en el fondo
sólo teme
hacerse fuego

Es curioso
encandilarse
de esta forma
armar desvíos
y arrastrarme
de regreso a casa

sin mi luz
y sin tu sombra



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El agua y los años nuevos

Hace poco recordé que tenía un myspace creado, y encontré algo que había escrito a fines del 2006. Éramos tan jóvenes.

"Así que el año pasado escribía acá:

'Entonces.
El año termina, el año empieza, y no estoy seguro si el tiempo tiene idea de qué se trata esto. Me imagino que celebramos el paso del tiempo. ¡Todavía pasa! ¡Hurra!
Así que tiene sentido que me pueda sentir eufórico o deprimido. El tiempo como un vaso por la mitad. Me recuerda todo lo por venir. Días, horas, los minutos que traen nuevas experiencias. Bien. También me recuerda como tanto va quedando atrás.
Es la primera vez que escribo acá, ¿qué esperaban? Si quieren leer algo inteligente, esperen al año próximo. Quizás me vuelva mejor.'


Bueno... yo estaba optimista. No mejoré. Pero igual no estaba mintiendo, podría haber mejorado. Pero no. Como bien podrán ver.


E incluso más: ayer estaba pensando casi lo mismo sobre el fin del año. A veces prestamos atención a la parte del asunto de "oh, un nuevo año comienza"; pero la verdad es que la mayor atención se me va para el lado de lo que se termina. Lo que se termina. Lo que se va. Eso es lo que me viene una y otra vez a la cabeza, lo que pesa con su presencia en mi memoria.
Lo que viene, a pesar de que sé que está ahí adelante, y hasta confío en que sea excelente... bueno, por ahora sólo tiene su ausencia para mostrarse. Así que quizás sea una cuestión de lo que tengo a mano y lo que no.

Así que supongo que el vaso no está mitad vacío mitad lleno.

Pero sé que viene más agua en camino.
"




Como escribía alguna vez por ahí, leerse uno en el tiempo tiene algo como de foto del adentro. Igual que en las fotos viejas, de repente sentimos que apenas cambiamos, salvo esa arruga, ese pelo que ya no crece en la frente. O nos sorprendemos porque justo por el ángulo de la foto salimos lindos. O lo contrario, pero también nos creemos que fue un mal momento y ya, no es que seamos tan deformes. No importa.

El tema es que hace rato quería hablar del agua. Y ser obvio, no me importa.

Ya lo voy a hacer.



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"El peligro de que parezca que los iraníes... son seres humanos".

Paseando por la hermosa página de mi amiga Jade Harmon (http://catch-a-glimpse.livejournal.com/) llegué a este video donde pude conocer a Marjane Satrapi, la creadora de la historieta Persépolis sobre la que hizo una película que ahora aparece nominada al Oscar. Vi hace poco la película, y tengo pendiente la historieta porque me cuesta leer mucho de la computadora, pero tengo muchas ganas de empezarla cuanto antes.

Ya comentaré algo más hacia adelante, pero me pareció interesante el segmentito de charla este, tan brevísimo y claro.

Bien por este tal Colbert, aunque igual confieso que me choca un poquito cómo la corta al final y lo reducido del reportaje.




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Síndrome de paranoia psiquiátrica

Escribía recientemente un mail de interesante comunicación epistolar y en eso se me apareció en el relato una anécdota de hace un par de años: Resulta que en una época de vacas flacas anímicas le contaba a una amiga como durante un viaje en colectivo había sonado no recuerdo qué tema en mi reproductor de mp3 (casi apostaría que era 'Los días por llegar' de Flopa-Manza-Minimal) y que en medio del bajón reinante se me abrigó el cuerpo todo como de una enorme felicidad de estar vivo.
"Uy, sos bipolar", sentenció o más bien diagnosticó mi amiga.

Pensaba entonces cómo es que con el tiempo la psiquiatría se nos ha metido hasta en la sopa y ahora tenemos etiquetas psiquiátricas para todas las emociones que nos vayamos cruzando al andar. Charlando luego con una amiga notábamos incluso la evolución de algunas de ellas. Como el cansancio por el trabajo se oficializó como stress, luego el agotamiento mental amenazaba con provocar un surmenage. La tristeza se hizo depresión, de cagón o histérico pasé a fóbico, de impaciente o calentón me convertí en un sujeto con baja tolerancia a la frustración, los niños en lugar de hinchapelotas empezaron a andar con el síndrome de déficit de atención y la hiperactividad a pleno.


Quizás en un futuro no muy lejano para declararnos a una chica le contemos que estamos con la ansiedad emotiva alzada, con un ataque de interés posesivo de tercer grado, un alto deseo de reafirmación del ego en su rol de conquista o hasta le podemos revelar un preocupante estado de pensamiento recursivo con fijación en la muchacha rayano en la obsesión; acompañado de un intenso y concretísimo empelotudecimiento.


Si a la chica le gustamos nos zampa un beso de esos atómicos - ¡el romance no ha muerto! - y si no corresponde nuestro sentir nos ofrecerá generosamente una pastillita que nos haga pasar pronto el trago ordenando semejantes desmanes psicológicos.




Me dormí, otro día sigo.

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La nostalgia es extraña por definición

Unos diez años atrás tenía una amiga que me decía que no podía creer en el amor porque era algo que se acababa. Es decir, la gente se enamoraba, pero para su definición el amor era algo que si empezaba no podía terminarse, entonces, práctica frustrada mediante, no existía el amor. Obviamente hablo de charlas adolescentes cargadas de leves despechos y suaves desengaños. Claro, lo de leve y suave uno lo califica a la distancia, pero bien que en su momento la corta perspectiva anulaba todo alivio comparativo. Ejasí, uno quiere hacia adelante con lo que tiene en el momento y con eso se come y se sufre y punto, no hay "podría ser peor" que aligere el asunto.
En fin, más allá de esto, lo que recuerdo de aquel momento es que se me empezó a cruzar por la cabeza esto de pensar en qué es lo que pasa con los amores pasados. ¿Es que uno deja de querer y ya? ¿Se acomoda todo el cariño de antaño en un lugar nuevo sin el arrastre de la pasión y listo el pollo (pelada la gallina)?
En general, uno reconoce en mayor o menor medida algo de lo que se pierde y provoca el final de una relación. Casi que podría ponerle nombre, a la distancia. A veces uno empieza a conocer más, frente a lo que antes resultaba mayormente imaginación, y el entusiasmo decae. A veces, son hallazgos de choques, cruces, incompatibilidades. Simplemente - ja, claro, tan simple todo - las miserias de cada uno que en empiezan a desfilar y no resultan soportables en el mutuo acompañarse. Lo que sea que uno quiera inventar o entender de algo que ya no empuja y nos arrastra como antes.
Pero el tema es entonces, ¿y lo que permanece? ¿Lo que no dejó nunca de ser bueno?
Claro, uno tiene que elegir, somos unos combitos llenos de ingredientes sorprendentes y a veces desagradables. Algunos nos vemos demasiado bien en las fotos de las paredes comparado con el interior de la caja en que venimos, otros hacemos creer que somos 100% carne vacuna, o nos hacemos querer porque traemos tal juguetito de la nueva peli de las semillas transgénicas animadas pero tal vez la gracia del muñequito se agote pronto.
Supongo que lo que hacemos es rescatarnos momentos. Todos, al relacionarnos. Y algunos tenemos más arena en el reloj para compartirnos.
Después se trata como toda elección, propia o ajena, de asumir lo que significa en realidad: tomar y abandonar al mismo tiempo. Lo que pasa es que a veces lo que tomamos es una hoja en blanco, una posibilidad llena de incertidumbre; una elección del deseo por sobre eso otro que hay que soltar a la fuerza, eso presente palpable, que recorremos y reconocemos. Y abandonar en realidad tampoco es eso, sino cambiar de lugar.
Claro, debe ser algo así. Pasa que no somos muebles estables, y lo que hasta ayer tuvimos tan bien guardado en un cajón mañana llueve por un rincón y se nos empapa y nos salta en la cara. Todo lo que guardamos, lo que se nos fue acomodando - y a veces lleva tanto tiempo, así como a veces pareciera que se guarda solo -, también se nos puede desacomodar de a ratos. Se nos puede asomar, se nos pasea por delante, nos cachetea los párpados, nos llama la atención un rato y remueve todo.
Y está bien, ¿no? Digo. Que haya temblores. Que hayamos sembrado profundo en el pasado, y que esas raíces nos acompañen y cada tanto se retuerzan algo y nos recuerden, y que en el removernos nos hagan recordarlas; que ya son parte de nosotros.

Después estará lo otro, que la memoria puede ser tramposa, claro; pero al mismo tiempo no creo que sea mucho más engañosa que nuestra más sincera mirada del porvenir.

Así que nada. Eso. No hay gran resumen ni hallazgo ni nada, pero uno cada tanto se tienta con eso de las fotos viejas y se carga, me vine a escribir y eso acabo de hacer. La sensación era como del ropero entreabierto durante la noche. Podés quedarte acostado con la incomodidad encima, o juntar algo tal vez más parecido a la resignación que al coraje para levantarse, abrir la puerta, confirmar que no hay nada raro, cerrarla bien y volver a la cama.

Que el movimiento de hoy, el que viene, el que tememos y el que ansiamos, es fruto del mismo camino tan lleno de raíces ajenas que nos hemos apropiado.


(pero andá a dormir, chabón)
(editado un poco después, que me dan unas ganas bárbaras de sacar ese último párrafo pero bueno ya está, qué tanto che)

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