martes, abril 29, 2008

Carola

Fue curioso. Estaba revisando archivos .txt viejos y en eso encuentro un texto del que no me hacía cargo. A medida que fui avanzando en la lectura me di cuenta de que sí, efectivamente, era un cuentito escrito por mi hace muchos años. Lo había olvidado por completo. No es que sea una gran obra. Para empezar, habla de una chica que si ahora yo pensara en una gran mujer para enamorarme, dudo que pusiera las cosas que escribí entonces. Y además hay frases largas al cuete, o enredadas, y cosas así.
Pero fue una linda sorpresa. Porque además tiene una idea que me gusta mucho, y un par de momentos que a mi se me hicieron maomeno bien, che. Yo qué sé. Lo comparto sin más preámbulo. Y si alguien que me conoce hace tiempo tiene algún dato más para darme a mi de este texto, bienvenido sea.


Carola


Se entretenía con las hojas secas como quien admira una obra de museo. Convertía a una hormiga cargando una hoja en su ídolo del día. Mientras caminábamos a veces se detenía, me frenaba con una mano, con la otra me tapaba los ojos y cerraba los suyos para que nos dedicáramos unos instantes a escuchar el mundo. Carola me besaba con la suavidad y el ansia con la que uno se lame la sal después de un baño en el mar . Como degustando un banquete, como si se liberara de una carga y sólo a través del beso pudiera despegar.
En las tardes de otoño, Carola podía sostener el sol con una sola mano.
- Aluvio - me dijo una vez, inventándome un nombre que no era el mío, como hacía siempre. - ¿vos sabés cuándo vas a cansarte de mí?
Lo cierto es que no parecía una pregunta suya. No de la Carola que yo pretendía conocer.
- Sí. - respondió mi voz, saliendo de mi propia boca, impulsada por mi cerebro. Aún así no estoy seguro de haber sido yo el que habló. - Exactamente la próxima vez que me hagas esa pregunta.
Sin darme cuenta le había entregado una invitación sin fecha de vencimiento para el adiós. Yo no iba a echarme atrás, y ambos sabíamos que ella tarde o temprano iba a ponerme a prueba, iba a necesitar pintarme todo un precipicio frente a mi esperando a ver si permanecía quieto o daba el paso hacia el vacío. Cualquiera de las opciones significaba caer.
Pasaron varios años sin que aquellas palabras volvieran a cruzarse en nuestro camino, hasta que lo inevitable se hizo presente, como la última hoja de un calendario saludando el fin de año tras doce meses de oculta paciencia. Ella repitió la pregunta con un inconfundible tono de despedida, y yo me quedé quieto sin pestañear en una esquina durante unos tres siglos.
Después de unas cuantas eras a la intemperie, un instinto que no fue el de supervivencia, porque ese había partido junto a Carola entendiéndose inútil de ahí en adelante, me trajo de vuelta a casa. El ascensor tardo unas cuántas décadas en bajar cuatro sucios pisos, y el cable colgando por debajo me hizo pensar en un hombre invisible ahorcado que juega a ser ascensorista.
El tiempo se hizo más real al llegar a casa, y los años volvieron a entrar en minutos, pero esto no ayudaba en absoluto a desempapelar la pena de todas las paredes.
Pasaron dos semanas - tiempo reloj - hasta que me decidí a morir de una buena vez. Nada importante ocurrió durante aquellos días. Yo mismo no podía ocurrir ni un pedacito de existencia. Decidí que el ritual tenía que realizarse en el baño, así que me encerré apenas el sol se ocultó y la ciudad se sumergió en las sombras de siempre. El agua de la ducha corría a modo de diminuto diluvio, y mi cuerpo se guió solo corriendo la cortina y metiéndose de un salto en la bañera antes de que yo pudiera pensar en cómo iba a hacerlo.
Me empapé. Me ahogué. Soñé una y otra vez que aquella húmeda intermitencia era una tempestad, que el agua acumulándose a mis pies era el mar. Me soñé fragata, me viví espuma. Me deshice entre las gotas, me solté el cuerpo y me hundí bajo mi propia piel, floté como un salmón jugando contra la ducha que caía, elevándome hacia donde la lluvia tomaba forma. Y en la cima de aquel adiós dejé ir la vida como quien suelta la rama de un árbol sobre el que ha estado jugando desde siempre, abriendo mis dedos con seguridad, listo para la caída.

Resucité un par de horas después. Tardé un tiempo en ponerme de pie. Fui acostumbrando de a poco mis ojos a la luz, mi mente a mi cuerpo, mi cuerpo al mundo de los vivos. Soltar mi existencia aquel rato no había curado el dolor, que todavía podía sentir apretándome el pecho. Pero algo en el aire se sentía diferente. Se trataba del aire dentro mío, del oxígeno jugando en mi interior, vagando por mi sangre, recorriéndome. Una cierta fragancia interior que impregnaba todo lo que me rodeaba. Algo parecido a una esperanza que nacía de ese desprenderse de tanto aliento fingido que en la costumbre de la asfixia no había hecho más que atorarme de humo la mirada.


Zapatillas agujereadas


Así terminaron mis botines anteriores. Aunque no se vea, la suela del botín derecho está pegada con varias capas de variados pegamentos. La cosa amarilla que se ve es gomaespuma, porque como yo piso mal (apoyo mucho el talón) se había agujereado ahí y sin ese suplemento ingenioso (!) era muy incómodo andar.
El otro día escuchaba una cancioncita de un casete en que me grabó mi madre cuando era chiquito, y pensé que evidentemente fue un tema que me pegó fuerte para toda la vida. Pasen y vean. Y escuchen.



viernes, febrero 15, 2008

Ssssh....

Lo difícil no es guardarte un secreto. O saber reconocer uno aunque no me pidas que no lo repita.

Ni siquiera me resulta duro respetar el secreto que vos no podés contarme, aunque muera por saberlo.


Lo que me amotina la calma hasta la furia es no tener yo ni un solo secreto para compartir.

¿Es que tenía que contarlo absolutamente todo?



(inspirado ahí por http://empiezoaentender.blogspot.com/)

Ciego

Es curioso
encandilarse
en el camino

que entre las luces
de pupilas,
escotes, colmillos,
uñas como barniz
y el filoso artificio
de la pólvora
en tu voz

mis ojos
elijan cegarse
con esta chispa idiota
de ansiedad
en mi garganta

que en el fondo
sólo teme
hacerse fuego

Es curioso
encandilarse
de esta forma
armar desvíos
y arrastrarme
de regreso a casa

sin mi luz
y sin tu sombra



.

miércoles, febrero 13, 2008

El agua y los años nuevos

Hace poco recordé que tenía un myspace creado, y encontré algo que había escrito a fines del 2006. Éramos tan jóvenes.

"Así que el año pasado escribía acá:

'Entonces.
El año termina, el año empieza, y no estoy seguro si el tiempo tiene idea de qué se trata esto. Me imagino que celebramos el paso del tiempo. ¡Todavía pasa! ¡Hurra!
Así que tiene sentido que me pueda sentir eufórico o deprimido. El tiempo como un vaso por la mitad. Me recuerda todo lo por venir. Días, horas, los minutos que traen nuevas experiencias. Bien. También me recuerda como tanto va quedando atrás.
Es la primera vez que escribo acá, ¿qué esperaban? Si quieren leer algo inteligente, esperen al año próximo. Quizás me vuelva mejor.'


Bueno... yo estaba optimista. No mejoré. Pero igual no estaba mintiendo, podría haber mejorado. Pero no. Como bien podrán ver.


E incluso más: ayer estaba pensando casi lo mismo sobre el fin del año. A veces prestamos atención a la parte del asunto de "oh, un nuevo año comienza"; pero la verdad es que la mayor atención se me va para el lado de lo que se termina. Lo que se termina. Lo que se va. Eso es lo que me viene una y otra vez a la cabeza, lo que pesa con su presencia en mi memoria.
Lo que viene, a pesar de que sé que está ahí adelante, y hasta confío en que sea excelente... bueno, por ahora sólo tiene su ausencia para mostrarse. Así que quizás sea una cuestión de lo que tengo a mano y lo que no.

Así que supongo que el vaso no está mitad vacío mitad lleno.

Pero sé que viene más agua en camino.
"




Como escribía alguna vez por ahí, leerse uno en el tiempo tiene algo como de foto del adentro. Igual que en las fotos viejas, de repente sentimos que apenas cambiamos, salvo esa arruga, ese pelo que ya no crece en la frente. O nos sorprendemos porque justo por el ángulo de la foto salimos lindos. O lo contrario, pero también nos creemos que fue un mal momento y ya, no es que seamos tan deformes. No importa.

El tema es que hace rato quería hablar del agua. Y ser obvio, no me importa.

Ya lo voy a hacer.



~~~~~~

martes, febrero 05, 2008

"El peligro de que parezca que los iraníes... son seres humanos".

Paseando por la hermosa página de mi amiga Jade Harmon (http://catch-a-glimpse.livejournal.com/) llegué a este video donde pude conocer a Marjane Satrapi, la creadora de la historieta Persépolis sobre la que hizo una película que ahora aparece nominada al Oscar. Vi hace poco la película, y tengo pendiente la historieta porque me cuesta leer mucho de la computadora, pero tengo muchas ganas de empezarla cuanto antes.

Ya comentaré algo más hacia adelante, pero me pareció interesante el segmentito de charla este, tan brevísimo y claro.

Bien por este tal Colbert, aunque igual confieso que me choca un poquito cómo la corta al final y lo reducido del reportaje.




.

miércoles, enero 30, 2008

Síndrome de paranoia psiquiátrica

Escribía recientemente un mail de interesante comunicación epistolar y en eso se me apareció en el relato una anécdota de hace un par de años: Resulta que en una época de vacas flacas anímicas le contaba a una amiga como durante un viaje en colectivo había sonado no recuerdo qué tema en mi reproductor de mp3 (casi apostaría que era 'Los días por llegar' de Flopa-Manza-Minimal) y que en medio del bajón reinante se me abrigó el cuerpo todo como de una enorme felicidad de estar vivo.
"Uy, sos bipolar", sentenció o más bien diagnosticó mi amiga.

Pensaba entonces cómo es que con el tiempo la psiquiatría se nos ha metido hasta en la sopa y ahora tenemos etiquetas psiquiátricas para todas las emociones que nos vayamos cruzando al andar. Charlando luego con una amiga notábamos incluso la evolución de algunas de ellas. Como el cansancio por el trabajo se oficializó como stress, luego el agotamiento mental amenazaba con provocar un surmenage. La tristeza se hizo depresión, de cagón o histérico pasé a fóbico, de impaciente o calentón me convertí en un sujeto con baja tolerancia a la frustración, los niños en lugar de hinchapelotas empezaron a andar con el síndrome de déficit de atención y la hiperactividad a pleno.


Quizás en un futuro no muy lejano para declararnos a una chica le contemos que estamos con la ansiedad emotiva alzada, con un ataque de interés posesivo de tercer grado, un alto deseo de reafirmación del ego en su rol de conquista o hasta le podemos revelar un preocupante estado de pensamiento recursivo con fijación en la muchacha rayano en la obsesión; acompañado de un intenso y concretísimo empelotudecimiento.


Si a la chica le gustamos nos zampa un beso de esos atómicos - ¡el romance no ha muerto! - y si no corresponde nuestro sentir nos ofrecerá generosamente una pastillita que nos haga pasar pronto el trago ordenando semejantes desmanes psicológicos.




Me dormí, otro día sigo.

sábado, enero 05, 2008

La nostalgia es extraña por definición

Unos diez años atrás tenía una amiga que me decía que no podía creer en el amor porque era algo que se acababa. Es decir, la gente se enamoraba, pero para su definición el amor era algo que si empezaba no podía terminarse, entonces, práctica frustrada mediante, no existía el amor. Obviamente hablo de charlas adolescentes cargadas de leves despechos y suaves desengaños. Claro, lo de leve y suave uno lo califica a la distancia, pero bien que en su momento la corta perspectiva anulaba todo alivio comparativo. Ejasí, uno quiere hacia adelante con lo que tiene en el momento y con eso se come y se sufre y punto, no hay "podría ser peor" que aligere el asunto.
En fin, más allá de esto, lo que recuerdo de aquel momento es que se me empezó a cruzar por la cabeza esto de pensar en qué es lo que pasa con los amores pasados. ¿Es que uno deja de querer y ya? ¿Se acomoda todo el cariño de antaño en un lugar nuevo sin el arrastre de la pasión y listo el pollo (pelada la gallina)?
En general, uno reconoce en mayor o menor medida algo de lo que se pierde y provoca el final de una relación. Casi que podría ponerle nombre, a la distancia. A veces uno empieza a conocer más, frente a lo que antes resultaba mayormente imaginación, y el entusiasmo decae. A veces, son hallazgos de choques, cruces, incompatibilidades. Simplemente - ja, claro, tan simple todo - las miserias de cada uno que en empiezan a desfilar y no resultan soportables en el mutuo acompañarse. Lo que sea que uno quiera inventar o entender de algo que ya no empuja y nos arrastra como antes.
Pero el tema es entonces, ¿y lo que permanece? ¿Lo que no dejó nunca de ser bueno?
Claro, uno tiene que elegir, somos unos combitos llenos de ingredientes sorprendentes y a veces desagradables. Algunos nos vemos demasiado bien en las fotos de las paredes comparado con el interior de la caja en que venimos, otros hacemos creer que somos 100% carne vacuna, o nos hacemos querer porque traemos tal juguetito de la nueva peli de las semillas transgénicas animadas pero tal vez la gracia del muñequito se agote pronto.
Supongo que lo que hacemos es rescatarnos momentos. Todos, al relacionarnos. Y algunos tenemos más arena en el reloj para compartirnos.
Después se trata como toda elección, propia o ajena, de asumir lo que significa en realidad: tomar y abandonar al mismo tiempo. Lo que pasa es que a veces lo que tomamos es una hoja en blanco, una posibilidad llena de incertidumbre; una elección del deseo por sobre eso otro que hay que soltar a la fuerza, eso presente palpable, que recorremos y reconocemos. Y abandonar en realidad tampoco es eso, sino cambiar de lugar.
Claro, debe ser algo así. Pasa que no somos muebles estables, y lo que hasta ayer tuvimos tan bien guardado en un cajón mañana llueve por un rincón y se nos empapa y nos salta en la cara. Todo lo que guardamos, lo que se nos fue acomodando - y a veces lleva tanto tiempo, así como a veces pareciera que se guarda solo -, también se nos puede desacomodar de a ratos. Se nos puede asomar, se nos pasea por delante, nos cachetea los párpados, nos llama la atención un rato y remueve todo.
Y está bien, ¿no? Digo. Que haya temblores. Que hayamos sembrado profundo en el pasado, y que esas raíces nos acompañen y cada tanto se retuerzan algo y nos recuerden, y que en el removernos nos hagan recordarlas; que ya son parte de nosotros.

Después estará lo otro, que la memoria puede ser tramposa, claro; pero al mismo tiempo no creo que sea mucho más engañosa que nuestra más sincera mirada del porvenir.

Así que nada. Eso. No hay gran resumen ni hallazgo ni nada, pero uno cada tanto se tienta con eso de las fotos viejas y se carga, me vine a escribir y eso acabo de hacer. La sensación era como del ropero entreabierto durante la noche. Podés quedarte acostado con la incomodidad encima, o juntar algo tal vez más parecido a la resignación que al coraje para levantarse, abrir la puerta, confirmar que no hay nada raro, cerrarla bien y volver a la cama.

Que el movimiento de hoy, el que viene, el que tememos y el que ansiamos, es fruto del mismo camino tan lleno de raíces ajenas que nos hemos apropiado.


(pero andá a dormir, chabón)
(editado un poco después, que me dan unas ganas bárbaras de sacar ese último párrafo pero bueno ya está, qué tanto che)

jueves, diciembre 27, 2007

Desentraño.

(tomá, otro borrador así a la marchanta y que lo tiró de las patas)

A veces como llenos de climas ajenos, con este acercarnos, espiarnos bajo las suturas a medio descoser, relojeando hilos y agujas que ni pinchan ni cortan pero tal vez agujerean una puerta entera como para asomar la inconsciencia toda. Y entonces están mis manos ahí al frente pero por momentos como si tocarte fuera faltarme tus cuerdas, como si se escondieran los acordes o yo me hiciera sordo de tu acompañamiento, el desfile de tu piel bajo las yemas, la quietud de tu espalda y la música toda de ese instante en el que se revela tu plan de permanecer al menos un segundo más.
Porque se suceden los espacios de estar, la continuidad de insignificancias que va dando forma a un detalle ínfimo y notorio, una pregunta volátil o una claridad tenue de fósforo. Diminuta llama que sostenemos entre los dedos, tu pulgar contra mi índice, tu párpado contra mi boca, hasta quemarnos uñas y carne y atención pupilas por si algo más se enciende en el estar; algo que nos ilumine los dados de otro después posible.
Pero ignoro tanto y más de la cuenta, de lo incontable y lo supuesto también, destrabándome silencios entre mirarte y andar hasta tus hombros, desenredando las palabras torpes que me desnucan los dos pasos a tu otra boca; esa que sonríe bajo la mesa y suspira un derrumbe o dos sin dejar rastros.

De todas formas; o no de todas, pero de algunas sí, varias y extrañas, sorprendentes incluso, como deletreándonos señas en idiomas extraños y soplándonos despistes y despuentes, nos encontramos. Y en el encuentro hay penumbras y hay hallazgo, hay roces y tropiezos, al frente y a contrapierna; pero sobre todo hay dos que somos ahí presentes, a distancia imprecisa, curiosa y móvil, dos que se observan y se ciegan también de a ratos pero se quedan otro tanto a ver qué más hay luego.

Que a tientas, sin mapa y hasta sin pupilas, también se hacen caminos.

.