El digresor

Vos lo ves y no podés entenderlo, porque no tiene una mirada de esas que se van y ya. Es como si tuviera ojos con puntos suspensivos, cincelándote esa sensación del más allá que se asoma. Una respuesta, una palabra perfecta que se perdió mientras pestañeaba.
Tratás de convencerte de que fue sólo una impresión del momento, que es más el fruto de tu ánimo que anda a la caza de esos brillos que la luz verdadera. Pero no podés engañarte tanto, menos hoy que es sábado y los sábados siempre andás un poco más atenta de lo normal.
Así que estirás una mano, apurando el paso en su dirección. Un toque en el hombro.
Cuando da la vuelta, su cara ya no está ahí.
Se queda quieto, y así inmóvil como permanece empezás a rodearlo, con cada parte de tu cuerpo, con la mirada, con el aire de tus pulmones, con el pelo, con tu sombra.
Sentís que todo está en su lugar. Un abrazo que encaja como dos manos entrelazadas. Recordás la sensación de observar tu habitación desde la puerta después de horas ordenando, desechando papeles viejos, encontrando rincones para los recuerdos, colgando dibujos en las paredes. Es el momento de un suspiro que te desinfla por completo.
Después tenés que dejar ir, y lo hacés sin dudar. Saber demasiado puede oxidarlo todo. Quererlo es inventar nuevas respuestas que nunca alcancen a resolver su misterio.

Y antes de despertar, besás el espejo.

Publicadas portinch a la/s 2:18 p.m.  

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